—Algas se pueden llamar en efecto. Quizá se ponga ahí para acechar una presa.

—¡Sí, sí! ¡Ahora se arroja sobre otro bicho más pequeño!… El bicho desapareció; sin duda se lo ha comido.

El duque levantó su rostro, radiante de satisfacción, por haber tenido ocasión de observar aquella tragedia curiosa.

Quiroga fijó en él sus ojos atrevidos, y dijo con su eterna sonrisa irónica:

—Es la historia de siempre. En la gota de agua, como en el mar, como en todas partes, el pez grande se traga al chico.

La sonrisa del duque se apagó. Dirigió una mirada oblicua al médico, que no apartó la suya fija y misteriosa, y dijo bruscamente:

—Creo, señoras, que deben ustedes ir aburridas de ciencia. Es hora de almorzar.

El gran atractivo de la excursión, el que había arrancado a casi toda aquella gente de sus palacios para trasladarla a región tan áspera y triste, era un proyectado almuerzo en el fondo de la mina. Cuando Clementina lo anunció a los tertulios en uno de sus tresillos, hubo una verdadera explosión de entusiasmo—. "¡Qué cosa tan original!… ¡Qué extraño!… ¡Qué hermoso!" Las damas, sobre todo, mostraban deseo tan vivo, que bien parecía antojo. A una indicación del duque, todas se proveyeron de magníficos impermeables y botinas altas, pues la mina destilaba agua por muchos sitios y formaba charcos. Sin embargo, la noche anterior, ante la proximidad del suceso, muchas, atemorizadas, habían desistido. El duque se vió precisado a dar órdenes para que se sirviese el almuerzo en la dirección y en la mina. Las valientes que persistían en bajar, no pasaban de ocho o diez.

Toda la comitiva se dirigió a una de las bocas de la mina llamada "Pozo de San Jenaro". Cerca de este pozo hay un edificio destinado a la inspección y al peso, donde las damas y los caballeros cambiaron de calzado y se pusieron los impermeables. Al verlos de aquel modo ataviados, un estremecimiento de anhelo y de entusiasmo corrió por el resto de los excursionistas. Acometidas súbito de una ráfaga de valor, casi todas las damas declararon que estaban dispuestas a bajar con sus compañeras. Fué necesario enviar inmediatamente a Villalegre por los impermeables.

La jaula, movida por vapor, estaba preparada para recibir a los ilustres expedicionarios. Constaba de dos pisos, en cada uno de los cuales cabían ocho personas en pie. Se la había tapizado con franela y se le habían añadido algunas argollas de bronce para sujetarse. Acomodáronse en ella el director, el duque y las damas valientes que no habían vacilado nunca, para bajar los primeros. Dióse orden al maquinista para que el descenso fuese lento. La jaula se estremeció subiendo y bajando algunos centímetros con rapidez. De pronto se sumergió de golpe en el agujero. Las señoras ahogaron un grito y quedaron mudas y pálidas. Las paredes del agujero eran sombrías, desiguales y destilaban agua. En cada departamento de la jaula un minero sujetaba, con su mano trémula de modorro, una lámpara. Todos, menos el director y los mineros avezados a subir y bajar, sentían cierta ansiedad en el estómago. Un vago terror les imposibilitaba de hablar y les crispaba las manos con que se agarraban a las argollas.