Los obreros se despojaron del sombrero respetuosamente. Uno de ellos, sonriendo avergonzado, balbució:

—Perdone usted, señor director…. Creímos que eran compañeros y queríamos darles un susto….

—¿No sabíais que bajábamos ahora nosotros?—volvió a decir con irritación.

—Señor director, nosotros pensábamos que se detenían en el noveno, donde han hecho preparativos estos días….

—¡Creíais, creíais!… Pues tened cuidado con creer estupideces.

El duque recobró el uso de la palabra.

—¡Sabéis, hijos míos, que gastáis unas bromas ligeras con vuestros compañeros!… ¡Ponerles la muerte delante de los ojos!

—¡La muerte!—exclamó el minero que había hablado.

—No, señor duque—dijo el director—. Si no echan los taquetes nos hubiéramos bañado hasta la cintura.

—¿Nada más?