—¡No puede ser!—respondieron de abajo.

—¡Cómo! ¡Cómo!… ¡Esos taquetes! ¡Echar esos taquetes!

Y con las mejillas inflamadas, agitado, convulso, gritaba como un energúmeno mientras la jaula descendía lentamente.

Un frío glacial penetró en el corazón de todos. En el compartimiento de arriba algunas damas lanzaban chillidos penetrantes. Las de abajo gritaban también y se cogían con fuerza al brazo de los caballeros. Algunas se desmayaron. Fué un momento de angustia indescriptible. Creían llegado el fin de su vida.

Y el director no cesaba de gritar:

—¡Esos taquetes! ¡Esos taquetes!

Y las voces de abajo se oían cada vez menos distantes:

—¡No puede ser! ¡No puede ser!

Cuando ya se creían rodando por el abismo, la jaula se detuvo tranquilamente. Oyeron unas frescas carcajadas y sus ojos espantados miraron, a la trémula luz de los candiles, un grupo de mineros cuyos rostros risueños cambiaron repentinamente de expresión reflejando el temor y el asombro.

—¿Qué es eso? ¿Qué broma es ésta?—exclamó el director saltando furioso de la jaula y dirigiéndose a ellos.