Clementina sonrió ligeramente.
En efecto, en el rostro pálido y fino del médico, en sus cabellos negros y revueltos, y sobre todo en sus ojos que, aunque pretendían aparecer inocentes, estaban cargados de ironía, había algo de mefistofélico.
—En todos los tiempos ha existido en una u otra forma la esclavitud. Ha habido hombres destinados a vivir en el refinamiento de los goces espirituales, en el cultivo de las artes, en el lujo y la elegancia, en los placeres que proporciona el comercio entre personas inteligentes y cultas, y otros hombres también dedicados a proporcionarles los medios necesarios para vivir de tal modo con un trabajo rudo y doloroso. Los parias trabajaban para los bramanes, los ilotas para los espartanos, los esclavos para los romanos, los siervos para los señores feudales. ¿Y hoy no sucede lo mismo? ¿Qué importa que en las leyes esté abolida la esclavitud? Los que trabajan en el fondo de esta mina y absorben el veneno que les mata, si no son esclavos por la ley lo son por el hambre. El resultado es idéntico. Es ley de la naturaleza, y por lo tanto santa y respetable, que para que unos gocen padezcan otros…. Vosotras, hermosas señoras, sois las herederas de aquellas ilustres damas romanas que enviaban a estas minas sus esclavos a arrancar el bermellón para embellecer su rostro, y de aquellas otras árabes que lo hacían traer para decorar sus minaretes en los alcázares de Córdoba y Sevilla. Por vosotras brindo, pues, embargada el alma de admiración y respeto, como representantes en la tierra de lo que hay en ella más sublime, el amor, la belleza, la alegría.
El brindis, aunque galante, pareció estrambótico.
Algunos de los más avisados murmuraron. Creció la hostilidad que contra el joven médico existía. Hubo quien dijo por lo bajo que aquel quídam había querido "quedarse con ellos".
Rafael Alcántara tuvo conatos de decirle alguna frase provocativa; pero advirtió en sus ojos que no la soltaría sin proporcionarse un serio disgusto y prefirió quedarse con ella en el cuerpo. Las damas le miraron con más benevolencia. Le encontraban muy original.
De todos modos el brindis produjo cierta penosa impresión que no logró desvanecer Fuentes, aunque soltó el chorro de sus paradojas más graciosas.
—Señoras, yo no brindo—decía a las que tenía cerca—, porque no soy orador. Espero que pronto será esto una distinción honorífica en España; que no tardará en decirse con respeto al pasar un individuo por la calle: "Ese no es orador", como ya se dice: "Ese no tiene la gran cruz de Isabel la Católica…."
Las damas reían y celebraban los chistes. Pero en el fondo, sea por el discurso del médico o porque la mina volviera a inspirarles temor, sentíase un vago malestar. Todos los ojos brillaron con alegría cuando se anunció que la jaula les esperaba. Los últimos que ascendieron oyeron poco después de comenzar la ascensión un canto lejano que rápidamente se fué aproximando, sonó muy cerca de ellos como si cantaran a su lado y rápidamente también se alejó perdiéndose allá en el fondo sin que hubiesen visto a nadie. Fué de un efecto fantástico. Lo que oyeron era una playera andaluza cuya letra decía:
Río arriba, río arriba, nunca el agua subirá; que en el mundo, río abajo, río abajo todo va.