—¿Me quieres, preciosa, me quieres?
La niña no contestó.
—¿Me quieres? ¿me quieres?—volvió a preguntar.
Esperancita, sin abrir los ojos, respondió al fin secamente:
—No.
XIV
#Una que se va.#
Algunas semanas después, la enfermedad de D.ª Carmen se agravó extremadamente. Ya no cabía duda a los médicos de que su fin estaba muy próximo. La postración era absoluta. No le quedaba en el rostro más que la piel y sus grandes ojos tristes y benévolos que se fijaban con extraña intensidad en cuantos se acercaban a ella, cual si tratase de leer en las fisonomías el terrible secreto de su muerte. Con tal motivo asomaban la cabeza mil pasiones sórdidas en el alma de los que más debieran tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto en la herencia que revertía a su hija. Hizo nuevos esfuerzos para que su esposa revocase el testamento, pero inútilmente. Por primera vez en su vida D.ª Carmen daba señales de gran firmeza de carácter. Aunque incapaz de vengarse había tal vez en su empeño cierto deseo de terminar la existencia con un acto de justicia. Una vida de completa sumisión, sin oponer el más mínimo obstáculo a la voluntad de su marido, a sus planes económicos, ni a sus pasiones ilícitas, bien merecía que a la hora de la muerte reivindicase su libertad para satisfacer los impulsos del corazón. Osorio espiaba silenciosamente, con disimulada ansiedad, los progresos de la enfermedad, cuyo desenlace arrastraría consigo a la vez el término de sus apuros. D.ª Carmen se desprendería de su envoltura carnal y él de sus acreedores. La misma Clementina, objeto predilecto de la ternura de la angelical señora, no podía menos de gozar con la perspectiva de tanto millón como iba a caer en sus manos. Procuraba sofocar sus deseos, apagar la impaciencia; mas a despecho suyo un diablo tentador hacía brincar su corazón de gozo cada vez que tal pensamiento le acudía al cerebro.
Con astucia infernal, Salabert hacía lo posible por introducir la desconfianza en el ánimo de su esposa. Unas veces de un modo solapado, otras cínico y brutal, vertía en su alma el veneno de la sospecha. Clementina y Osorio esperaban su muerte como agua de Mayo. ¡Qué desahogados quedarían cuando pagasen todas sus trampas! Y hasta otra: ¡a vivir, a gozar con el dinero de la infeliz señora! Esta permanecía muda, indignada ante las malévolas insinuaciones de su marido. Pero en su alma entristecida y debilitada por la enfermedad, la punta de aquella acerada flecha se revolvía causando vivos dolores que procuraba ocultar. Cada vez que Clementina venía a visitarla, y últimamente lo hacía dos veces cada día, los ojos de su madrastra se fijaban en ella con muda interrogación, procurando leer en los suyos las ideas que le pasaban por el cerebro. Esta atención anhelante embarazaba a la esposa de Osorio, le hacía experimentar una turbación que, aunque leve, no dejaba algunas veces de ser visible.
A medida que la enfermedad avanzaba, este afán de D.ª Carmen fué aumentando hasta convertirse en manía. Clementina representaba en la soledad moral en que vivía el único lazo de amor que la unía a la tierra. Por lo mismo que su hijastra había sido siempre fría y altanera con todos, menos con ella, jamás había dudado de la sinceridad de su cariño. Estaba con él satisfecha y orgullosa. Le bastaba para compensarle de la indiferencia despreciativa que observaba en cuantos se acercaban a ella. La horrible sospecha que a viva fuerza había penetrado en su corazón lo llenaba de amargura. Un espíritu bondadoso y amante como el suyo necesitaba creer en la bondad y en el amor. Al arrancarle esta última creencia sangraba de dolor.