A las nueve de la noche, después de comer en Villalegre, partió el tren especial que debía conducirlos a Madrid. Todos volvían muy contentos de la excursión. Esperaban extasiar a sus amigos con el relato del banquete subterráneo. El único que padecía entre ellos era Raimundo. Las alternativas de alegría y dolor por que Clementina le hacía pasar con su coquetería le tenían destrozado el corazón.

Ultimamente, viéndole tan triste, tan fatigado, la hermosa había tenido piedad, le había hecho sentar a su lado en el coche, y sin escándalo del concurso (porque estaban curados de espantos) había charlado casi toda la noche con él y al fin se había dormido dejando caer la cabeza sobre su hombro.

Aunque el tren arrastraba un sleeping-car, pocos habían hecho uso de él. La mayor parte prefirió quedarse en los salones de tertulia. Sólo al amanecer, el sueño los fué rindiendo a todos y se quedaron transpuestos en su asiento adoptando posturas caprichosas, algunas de ellas poco estéticas.

Ramoncito Maldonado estaba en el pináculo de su gloria y fortuna. Esperancita, a juzgar por todas las apariencias, le amaba. Encontrábase despegado, por decirlo así, de la tierra, no sólo a causa de la elevación natural de su alma, sino por la voluptuosidad del triunfo. Su faz municipal resplandecía como la de un dios. ¡Atrás para siempre todas las luchas, todos los obstáculos que amargaran su preciosa existencia hasta entonces! Exento para siempre de la servidumbre del dolor, como los inmortales, gozaba sereno, majestuoso, de su apoteosis.

También se había sentado al lado de la amada de su heroico corazón, y le habló durante algunas horas, con dulce sosiego, de las jacas inglesas y de las grandes batallas que a la sazón se libraban en el seno de la corporación municipal, en las cuales él tomaba una parte tan activa. Hasta que, mecida por aquella plática suave, insinuante, la cándida niña quedó dulcemente dormida con la cabeza reclinada en el almohadón.

Ramoncito Maldonado velaba. Velaba y meditaba en su suerte feliz. La aurora divina, escalando las alturas de la sierra lejana, cruzando con vuelo raudo la llanura, levantaba con sus rosados dedos las cortinillas del carruaje y esparcía una tenue y discreta claridad, sin que él hubiese dejado de pensar en su dicha.

Esperancita abrió los ojos y le dirigió una tierna sonrisa de amor, que hizo vibrar hasta las últimas cuerdas de su alma poética.

La alondra cantó en aquel instante. Entonces, en Ramoncito, el dios se fué separando cada vez más del hombre. Ebrio de amor y felicidad también, cantó en el oído de la niña, con voz temblorosa, una porción de frases incoherentes, hijas de su locura divina. La niña cerró los ojos para escuchar mejor aquella música armoniosa….

Cuando hubo agotado los superlativos del diccionario para pintar su amor, el sublime concejal quiso terminar su obra de seducción desplegando ante la hermosa todas las grandezas que podía proporcionarle, como hizo Satanás con Jesús. "Era hijo único: sus padres tenían ciento diez mil reales de renta: en las próximas elecciones a diputados a Cortes se presentaría candidato por Navalperal, donde tenía familia y hacienda, y saldría con poco que el Gobierno le ayudase: como el partido conservador estaba necesitado de jóvenes de valer, creía que en breve plazo podría ser subsecretario: y ¡quién sabe! acaso más tarde, en una combinación, podría obtener siquiera la cartera de Ultramar…."

La niña escuchaba siempre con los ojos cerrados. Ramoncito, cada vez más inflamado, al terminar esta brillante enumeración se inclinó hacia su adorada y le preguntó en voz baja y conmovida: