—¡Madre de mi alma!—gritó la dama cayendo de rodillas deshecha en sollozos—. ¡Yo no quiero que muera, no!… He sido muy mala … pero siempre la he querido … y la he respetado….

—No seas tonta—dijo la moribunda haciendo un esfuerzo para sonreír y acariciándole la cabeza con su mano de esqueleto—. Ya no me duele que te alegres…. ¡Qué importa!… Muero satisfecha sabiendo que vas a deberme un poco de felicidad…. Te recomiendo a las ancianitas del asilo…. Protégelas, hija mía … y a esta buena Marcela, también…. Adiós, adiós todos…. Perdonadme el mal que os haya hecho….

El estertor crecía, sonaba más estridente y más lúgubre por momentos. Los sollozos de Clementina y Marcela cortaban por intervalos las notas de aquel ronquido fatal. El duque, trémulo, alterado, se dejó al fin arrastrar de la habitación.

D.ª Carmen no volvió a hablar. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo tranquilo. De vez en cuando levantaba un poco los párpados y dirigía una mirada afectuosa a su hijastra arrodillada. El sacerdote leía con voz nasal, quejumbrosa, las oraciones de su libro.

Así murió la duquesa de Requena. ¡Dejadla, dejadla partir!

Algunos días después, Clementina y su marido, a pesar del odio inextinguible que se profesaban, celebraban largas y frecuentes conferencias. La magna cuestión de la herencia los unía momentáneamente. Clementina visitaba mañana y tarde a su padre. Osorio también iba con frecuencia al palacio de Requena. Uno y otro prodigaban al viejo mil atenciones, compadecían su soledad, le mimaban. Había en su comportamiento cierta familiaridad afectuosa que cuadraba muy bien a unos hijos que van a proteger la venerable ancianidad de un padre. El duque se dejaba venerar observándolos con mirada más socarrona que enternecida. Cuando volvían la espalda para irse, seguíalos con los ojos, bajaba los párpados lentamente, revolvía entre los labios la breva americana y se iba bosquejando en su rostro una sonrisa burlona que duraba todavía algunos segundos después de perderlos de vista.

Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar de que el testamento de la duquesa era terminante, Salabert no se dignó hablarles una palabra de intereses. Continuó disponiendo en jefe de su caudal, entregado a los negocios con absoluta tranquilidad. Su hija y su yerno la perdieron al ver esta actitud. Comenzaron a vivir agitados, a comunicarse a cada instante con violencia sus impresiones, a formar planes para provocar una explicación. Clementina pretendía que Osorio le hablase. Este creía que era ella quien debía pedirle cariñosamente una explicación antes de formular ninguna queja. Después de algunos días de vacilación, al fin se decidió la esposa a dirigir algunas palabras a su padre, si bien con cierta indecisión y embarazo, pues conocía bien el carácter de éste y mejor aún el suyo propio.

—Vamos a ver, papá—le dijo, hallándole solo en el despacho, con afectada jovialidad—. ¿Cuándo me hablas de dinero?

—¿De dinero?… ¿Para qué?—respondió el duque con sorpresa, mirándola con rostro tan inocente que daba ganas de darle una bofetada.

—¿Para qué ha de ser? para enterarme de lo que me concierne. ¿No soy la única y universal heredera de mamá?—replicó sin abandonar el tono jovial, pero con cierta alteración en la voz bien perceptible.