—¡Ah, sí!—exclamó el duque haciendo con la mano un ademán de indiferencia—. De eso hablaremos más adelante … ¡mucho más adelante!

Clementina se puso pálida. La ira hizo dar un salto a toda su sangre.
Sus labios temblaron y estuvo a punto de decir un disparate.

—Sería bueno, sin embargo, que nos entendiésemos …—murmuró con voz débil.

—Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga humor y tiempo ya me ocuparé de esas cosas.

Hablaba con tal seguridad e indiferencia no exenta de desdén, que su hija tenía que optar entre dar rienda suelta a la lengua, romper con su padre de un modo violento, o marcharse. Decidióse, después de un instante de vacilación, por esto. Giró sobre los talones, y sin una palabra de adiós salió de la estancia y se metió en el coche, en un estado de excitación que hacía temblar todo su cuerpo.

Cuando llegó a casa corrió a encerrarse en su habitación y dió salida al furor que la embargaba. Lloró, pateó, desgarró sus vestidos, rompió una porción de cachivaches. Osorio también montó en cólera y dijo que iba a hacer y acontecer. De todo ello no resultó, sin embargo, más que una carta en que aquél, con bastante respeto, invitaba a su suegro a que le manifestase el estado de su hacienda, a fin de dar comienzo a las primeras operaciones del inventario. Salabert no contestó a esta carta. Se escribió otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Clementina no quería ir "por no armar un escándalo". Osorio no se consideraba con fuerza moral suficiente, dado el estado de sus relaciones matrimoniales, para reclamar con energía el caudal de su mujer. En tal aprieto hablaron con algunas personas de respeto amigas del duque, y se las enviaron como medianeras. Cumplieron éstas su cometido: hablaron con el viejo, y después de varias entrevistas se resolvieron a provocar una reunión amistosa a fin de que el asunto no fuese a los tribunales. Efectuóse ésta, después de alguna resistencia por parte de Clementina, en el palacio de su padre. Asistieron a ella, a más de las partes interesadas, el padre Ortega, el conde de Cotorraso, Calderón y Jiménez Arbós. Este último (que había dejado de ser ministro y estaba en la oposición) dió comienzo a la sesión espetándoles un discurso "de tonos conciliadores" excitándoles a la concordia para que no diesen al público el espectáculo de una disputa entre padre e hija por cuestiones de dinero, espectáculo que, dada su altísima posición en el mundo, no podía menos de ser repugnante. Siguióle en el uso de la palabra el padre Ortega, que con el acento persuasivo y untuoso que le caracterizaba, después de darles, lo mismo al duque que a sus hijos un buen jabón de elogios disparatados para ponerlos suaves, apeló a sus sentimientos cristianos, les hizo presente el mal ejemplo que darían, les pintó las dulzuras del cariño y del sacrificio mutuo y concluyó prometiéndoles la gloria eterna.

Clementina respondió la primera, que ella no tenía otro deseo que continuar manteniendo con su padre las mismas relaciones de cariño y respeto que hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera posible. El acento seco y duro con que pronunció estas palabras y el gesto ceñudo con que las acompañó no daban testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, el duque se manifestó muy conmovido.

—¡Arbós! ¡padre! ¡vosotros, hijos míos! Todos conocen perfectamente mi carácter…. Para mí, fuera de la familia no hay felicidad posible…. Después del golpe terrible que acabo de sufrir, lo único que me queda en el mundo es mi hija…. En ella tengo concentrado todo mi cariño, mis esperanzas y mi orgullo…. Para ella he trabajado, he luchado sin descanso, he reunido el capital que poseo…. Puedo decir que nunca he sentido la necesidad del dinero más que por mi mujer (que en gloria esté) y por mi hija…; por verlas a ellas felices rodeadas de bienestar y de lujo…. A mí me han bastado siempre cuatro cuartos para vivir, bien lo sabéis. Hoy que soy viejo, con mayor razón…. ¿Para qué quiero ya los millones? Dentro de poco me veré obligado a tomar el tren para el otro barrio, ¿verdad, Julián? Y tú lo mismo. Por consiguiente, ¿a quién puede ocurrírsele que voy a reñir por cuestión de ochavos con la hija de mi corazón?… Aquí no ha habido más que una equivocación. Yo necesitaba tiempo para poner en claro mis asuntos…. Eso es todo…. Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija mía, sólo puedo decirte esto…. Lo que hay en esta casa es tuyo y siempre lo ha sido. Tómalo cuando se te antoje…. Tómalo, hija, tómalo…. A mí me basta con nada….

Al pronunciar estas últimas palabras visiblemente enternecido, quisieron arrasársele los ojos de lágrimas. Todos dieron muestras igualmente de enternecimiento y prorrumpieron en frases de conciliación. El padre Ortega empujó suavemente a Clementina hacia los brazos de su padre, y aunque ella era la menos conmovida, al fin se dejó abrazar por él, que la tuvo un buen rato apretada. Cuando la soltó se llevó el pañuelo a los ojos y se dejó caer en una butaca, vencido por el peso de tanta emoción.

Después de esta escena conmovedora nadie osó acordarse de intereses. La reunión se disolvió apretándose todos la mano cordialmente y felicitándose con calor por el éxito lisonjero de sus gestiones. Pero Osorio y Clementina se metieron en su coche serios, cejijuntos, y no se hablaron en todo el camino una palabra. Sólo al llegar a casa murmuró la esposa con acento colérico: