—Sí: eso me has dicho muchas veces … pero….

—No hay pero que valga, niño díscolo—repuso alegremente tirándole de la oreja—. Ni he querido, ni puedo querer a nadie más que a ti. Todos los hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos a tu lado…. Pero (¡aquí viene mi pero!) desgraciadamente tú no eres ministro, aunque lo mereces más que todos los que conozco…. Bien sabes que mi fortuna está hoy en manos de la justicia, que de la noche a la mañana puedo quedar sin una peseta. Acostumbrada como estoy a las comodidades y al lujo, ya comprenderás que no sería un plato de gusto. Mi amor propio también padecería mucho: tengo infinitos envidiosos, gente que me odia sin saber por qué…. En fin, que sería el hazme reir de ellos, ¿entiendes? Y yo no quiero que eso suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos…. se esperan de él favores (aunque sea incapaz de hacer uno solo), se le tiene miedo…. Yo, aunque trato a casi todos los políticos de Madrid, carezco de un verdadero amigo que se interese por mi asunto como si fuese propio, que se atreva a ponerse frente a mi padre…. Y como no lo tengo necesito buscarlo, ¿sabes?… Figúrate ahora que ese amigo es Escosura, quien por su posición política y por su dinero es independiente por completo…. Figúrate que estoy en relaciones con él…. Figúrate que es mi amante a los ojos del mundo…. Y figúrate también que rompo contigo en apariencia, aunque sigas secretamente siendo mi verdadero amor, el único querido de mi corazón…. ¿Qué te parece del arreglo? ¿Lo encuentras aceptable?

Raimundo se puso encendido ante aquella singular y humillante proposición. Tardó unos instantes en contestar y al fin dijo entre colérico y desdeñoso:

—Me parece sencillamente una infamia y una asquerosidad.

La arruga, aquella arruga fatal que cruzaba la frente de Clementina cada vez que la cólera agitaba su alma turbulenta, apareció honda y siniestra. Levantóse bruscamente, y después de mirarle con fijeza, entre airada y desdeñosa, le dijo con acento glacial:

—Tienes razón. Ese arreglo no puede convenirte…. Mejor será que cortemos de una vez nuestras relaciones.

Y se dispuso a marchar. Raimundo quedó anonadado.

—¡Clementina!—gritó con desconsuelo cuando se hallaba ya cerca de la puerta.

—¿Qué hay?—dijo ella, con la misma frialdad, volviendo la cabeza.

—Escucha, por Dios, un momento…. Te he dicho eso arrebatado por los celos, pero sin intención de herirte…. ¿Cómo he de ofenderte yo a ti cuando te quiero, te adoro como a un ser sobrenatural?…