A éstas siguieron otras muchas palabras fogosas empapadas de cariño, mejor aún, de devoción. Clementina las escuchó en la misma actitud altanera. No se dejó ablandar hasta que le contempló bien humillado, pidiéndole de rodillas, como precioso favor, aquel mismo arreglo que hacía un instante había calificado de infamia y asquerosidad.
Por aquellos días la dama experimentó una rabieta tan viva que estuvo a punto de enfermar. Y no le faltó motivo. El duque, su padre, cuyas relaciones con la Amparo eran cada día más públicas y descaradas, llevó su cinismo o su servidumbre humillante hasta traerla a su palacio y hacer vida marital con ella. No se hablaba de otra cosa en la alta sociedad madrileña. Todo el mundo consideraba que Salabert tenía perturbado el cerebro, por no decir, como en otro tiempo, que estaba hechizado por su querida. Esta, con su estupidez inveterada, en vez de disimular su poder y hacerse perdonar del mundo aquella inaudita usurpación, la pregonaba a son de trompeta en los teatros y paseos, donde se presentaba colgada del brazo del duque. Poco después comenzó a circular por Madrid la noticia de que se casaban. El asombro y la indignación que produjo fueron vivísimos.
Un acontecimiento imprevisto vino a deshacer o por lo menos a aplazar aquella boda. En cierta reunión de accionistas de las minas de Riosa, a Salabert, como presidente, le tocó dar cuenta de su gestión y proponer las modificaciones necesarias en la marcha de la sociedad. Ordinariamente lo hacía con mucha concisión y claridad. Era, ante todo, hombre de negocios y no gustaba de andarse por las ramas o decir más palabras de las indispensables. Mas con sorpresa de la asamblea, donde se hallaban muchos banqueros y algunos personajes políticos, comenzó a pronunciarles un discurso por todo lo alto. Abandonando el asunto por completo, entró dándoles amplias explicaciones de su conducta como hombre público; trazó una verdadera biografía de su persona, deteniéndose en pormenores del todo impertinentes; cantó con la mayor impudencia sus propias alabanzas, ofreciéndose como el prototipo de la consecuencia política, del desinterés y la abnegación; pregonó sus servicios al país, por haber prestado dinero al Gobierno en momentos de apuro, y a la causa de la humanidad coadyuvando poderosamente a la erección de hospitales, escuelas y asilos. Hasta tuvo la desvergüenza de decir que el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra suya.
Los circunstantes se miraban unos a otros con estupor y se murmuraban al oído juicios poco lisonjeros sobre el estado intelectual del orador. Cuando apuró la lista de sus méritos y se proclamó urbi et orbi el primer hombre de la nación, principió a desatarse contra sus enemigos. Presentóse como víctima de una persecución tenaz, insidiosa, de mil intrigas urdidas para desacreditarle y en las que intervenían una porción de personajes de la banca y la política. En confirmación de este aserto leyó con voz campanuda y fogosa entonación ciertos artículos insertos en un periódico de provincia (la provincia en que estaban las minas de Riosa), en que según él se le atacaba "de un modo indigno y asqueroso". Lo que venía a decir, en resumen, el articulista, era que Salabert no era acreedor a que se le erigiese una estatua.
Los circunstantes, cada vez más cansados y aburridos, se decían ya en voz baja:
—¡Esto es ridículo! ¡Este hombre está loco!
A medida que leía se iba enardeciendo. Su rostro, ordinariamente un poco amoratado, se oscureció de tal modo que parecía el de un estrangulado. Al fin, sin terminar la lectura, cayó en el sillón presa de un ataque que le privó del sentido. Y por entrambas vías su naturaleza pletórica comenzó al instante a desahogarse de tan formidable manera, que sólo un médico que asistía a la reunión en calidad de socio osó acercarse a él.
XV
#Genio que se apaga.#
Después de aquel ataque, las facultades mentales del duque experimentaron una merma considerable, al decir de cuantos a él se acercaban. Padecía extrañas distracciones. Su palabra era perezosa y más confusa que antes. Tenía caprichos fantásticos. Se contaba que había entregado ya a la Amparo sumas enormes o las había puesto a su nombre en el Banco; que se enfurecía por livianos motivos y gritaba y gesticulaba como un demente, llegando sus arrebatos hasta maltratar de obra a los criados o dependientes; que comía vorazmente y sin medida, y que decía de su hija horrores inconcebibles, imposibles de repetir entre personas decentes. Su genio socarrón y maligno se había trocado en adusto y violento.