—¡Vamos, hombre!—repitió con impaciencia—. ¿Qué tal papá? ¿Está en las oficinas o en sus habitaciones?

—Dispense V.E. … el señor duque está bueno…. Me parece que aún está en su gabinete….

En aquel momento una doncella, que desde el fondo del corredor la vió y escuchó sus preguntas, corrió toda azorada a avisar a la señora. Clementina también subió con pie rápido la escalera del piso principal. Antes de llegar a la puerta del gabinete de su padre, la Amparo se interpuso delante de ella, pálida, mirándola fijamente, con ojos agresivos.

—¿Dónde va usted?—preguntó con voz ligeramente ronca por la emoción.

—¿Quién es usted?—respondió la dama alzando la cabeza con soberano desdén y mirándola de arriba abajo.

—Yo soy la señora de esta casa—repuso la malagueña poniéndose aún más pálida.

—Querrá usted decir la secuestradora. No tengo noticia de que aquí haya señora alguna.

—¡Ah! Viene usted a insultarme a mi misma casa—exclamó la ex florista poniéndose en jarras como en la plazuela.

—No; vengo a arrojarte de ella antes que llegue la policía a hacerlo.

—¡No me tutee usted o me pierdo!—gritó la Amparo arrebatada de furor, presta a arrojarse sobre su orgullosa enemiga.