—Repito que vengo a echarte de esta casa y del puesto que usurpas—repuso ésta con tranquilidad amenazadora, desafiándola con la mirada.
La Amparo hizo un movimiento de arrojarse sobre ella, pero deteniéndose súbito se puso a gritar con voces descompasadas:
—¡Pepe, Gregorio, Anselmo! A ver, que vengan todos. ¡Pepe, Gregorio!
¡Echadme esta tía de casa, que me está insultando!
A los gritos acudieron algunos criados, que se detuvieron confusos, atónitos, contemplando aquella escena extraña. También se abrió la puerta del gabinete y apareció en ella la figura del duque, de bata y gorro. En poco tiempo había envejecido de un modo sorprendente. Tenía los ojos apagados, el color caído, las mejillas pendientes y flácidas.
—¿Qué es eso? ¿qué pasa aquí?—preguntó con torpe lengua. Y al ver a su hija dió un paso atrás y todo su cuerpo se estremeció.
—Esta mujer, que después de pedir que te declaren loco viene a insultarme—gritó Amparo con voz chillona de rabanera colérica.
—Papá, no hagas caso—dijo Clementina yendo hacía él.
Pero el duque retrocedió, y extendiendo al mismo tiempo sus manos convulsas, exclamó:
—¡Fuera! ¡Fuera! ¡No te acerques!
—¡Escucha, papá!