—Y ahora que estamos solos por última vez y que nadie nos ve, ¿no nos despediremos de un modo más efusivo?
—¿Cómo quieres que nos despidamos?—respondió él mirándola y haciendo un esfuerzo supremo para sonreír.
—¡Así!—replicó la dama vivamente.
Y al mismo tiempo le echó los brazos al cuello y le cubrió el rostro de fuertes y apasionados besos.
Raimundo se estremeció. Dejóse besar por algunos instantes como un cuerpo inerte. Al fin, doblándosele las piernas, exclamó con acento desgarrador:
—¡Oh, Clementina, me estás matando!
Y cayó al suelo privado de sentido. El susto de ella fué grande. No había nadie que la auxiliase. No había siquiera agua. Alzó la cabeza del joven, la puso sobre su regazo, le dió aire con su sombrero y le hizo oler un pomito con perfume que traía. Al cabo de pocos minutos abrió los ojos: no tardó en ponerse en pie. Estaba avergonzado de su flaqueza. Clementina se mostraba con él afectuosa y compasiva. Cuando vió que estaba ya sereno y en disposición de marchar, se cogió a su brazo y le dijo:
—Vamos.
Y procuró distraerle, mientras caminaban, hablándole de una sauterie que proyectaba y a la cual le pedía con insistencia que no dejase de asistir.
—Y lo mismo los sábados ¿verdad? Cuidado con abandonarme. Uno es uno y otro es otro…. Tú serás en mi casa el amigo de siempre, y en mi corazón ocuparás, mientras viva, un lugar de preferencia.