Raimundo se contentaba con sonreír forzadamente.
Así llegaron otra vez al sitio donde estaba el coche. Dentro, la dama siguió locuaz. El, a medida que se acercaban a Madrid, se iba poniendo más pálido. Ya no sonreía.
Viéndole de tal modo, con la desesperación impresa en el semblante, Clementina dejó al cabo de hablarle en aquel tono. Movida de piedad comenzó de nuevo a besarle cariñosamente. Pero él rechazó sus caricias; la apartó con suavidad diciendo:
—¡Déjame! ¡déjame!… Así me haces más daño.
Dos lágrimas asomaron a sus pupilas y estuvieron largo rato allí detenidas. Al fin se volvieron otra vez, sin caer, al sitio misterioso de donde brotan.
El coche llegó a la Puerta de Alcalá. Clementina lo hizo detener delante de la calle de Serrano.
—Conviene que te bajes aquí. Estás cerca de tu casa.
Raimundo, sin decir palabra, abrió la portezuela.
—Hasta el sábado, Mundo…. No dejes de ir…. Ya sabes que te espero.
Al mismo tiempo le apretó la mano con fuerza.