Clementina se sentó entre su cuñada y la marquesa de Alcudia. Los demás volvieron a ocupar sus asientos.
—¡Ay, hija!—exclamó aquélla respondiendo a la última frase.—¡Si vieras qué catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire colado se me metió en los huesos.
—Ha tenido fortuna ese aire—manifestó con sonrisa galante el general
Patiño.
Todos sonrieron menos la interesada, que le miró con sorpresa abriendo mucho los ojos.
—¿Cómo fortuna?
Fué necesario que el general le diese la galantería mascada; sólo entonces la pagó con una sonrisa.
—¿No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?—dijo Clementina.
—¡Admirable! como siempre—respondió su cuñada.
—Yo le encuentro falto de maneras—expresó el general.
—¡Oh, no, general!… Permítame usted….