Y se empeñó una discusión sobre si el famoso tenor poseía o no poseía el arte escénico, si era o no elegante en su vestir. Las señoras se pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos.

Del tenor pasaron a la tiple.

—Es toda una hermosa mujer—dijo el general con la seguridad y el acento convencido de un inteligente.

—¡Oh!—exclamó Calderón.

—Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ¿no le parece a usted, Clementina?

Esta corroboró la especie.

—No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distinción en las maneras—se apresuró a decir el general, echando al mismo tiempo una miradita a la señora de Calderón.

—Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rábano por las hojas—manifestó la marquesa con extraordinaria viveza, atacando después con brío y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple.

Generalizóse la disputa, y sucedió lo contrario que en la anterior. Los caballeros se mostraron benévolos con la cantante mientras las señoras le fueron hostiles. Pinedo la resumió, diciendo en tono grave y solemne, donde se notaba, sin embargo, la socarronería:

—En la mujer, las buenas formas son más esenciales que en el hombre.