—Estaba en la cocina…. Había ido a darle unas puntadas a la falda de Teresa, que se le ha roto en un clavo—repuso con afectada humildad la doncella.

Clementina guardó silencio, absorta sin duda en sus pensamientos. Colocada frente al espejo se dejó despojar del abrigo, contemplándose al propio tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres hermosas sienten por sí mismas.

—¿Has estado en casa de Escolar?—preguntó al cabo distraídamente.

—Sí, señora.

—¿Qué ha dicho?

—Que no tiene ahora una seda tan doble en ese color, pero que si la señora quiere enviará por ella.

—¡Puf! Para ese viaje no necesitamos alforjas…. ¿Y en La
Perfección
?

—Sí, señora. Que el sábado enviarán los gorros.

—¿Has preguntado cómo seguía el padre Miguel?

—No he tenido tiempo…. ¡Está tan lejos!…