—¿Cómo lejos? ¿Pues no has ido en coche?
—No, señora…. Juanito me ha dicho que la yegua estaba desherrada….
—¿Por qué no te ha puesto uno de los caballos normandos?
—No sé…. Siempre encuentra alguna disculpa cuando la señora me manda salir en coche.
—Tal me parece…. Descuida, hija: ya arreglaré yo eso. ¡Bueno está el señor Juanito, con sus ínfulas de indispensable!
Al echar una mirada a su doncella reflejada en el espejo, creyó observar algo extraño en sus ojos. Se volvió para mejor verlo. En efecto, Estefanía los tenía enrojecidos.
—¡Tú has llorado, chica!
—¿Yo?… No, señora, no.
La manera de negarlo era hipócrita. La señora no tuvo necesidad de insistir mucho para que se lo confesase y aun la causa de su llanto.
—El jefe, señora—comenzó a gimotear—, el jefe, que las ha tomado de poco tiempo a esta parte conmigo…. En cuando digo cualquier cosa, suelta la carcajada o dice una porquería…. Y los demás claro, los demás, como me tienen ojeriza porque la señora me quiere, y por adular al jefe, se ríen también…. Porque le he dicho hoy que se lo diría a la señora, me ha llenado de insolencias y me ha echado de la cocina.