El cocinero, con la cara encendida y todo el cuerpo tembloroso, permaneció unos segundos inmóvil. Después, antes de retirarse, dirigió una larga mirada iracunda a la doncellita, que seguía con los ojos en el suelo con expresión hipócrita donde se traslucía el triunfo del amor propio.

—¡Chismosa!—le vomitó al rostro más que le dijo.

La señora se alzó de su asiento, y rebosando de cólera por tal falta de respeto, le dijo:

—¿Y cómo se atreve usted a insultarla en mi presencia? Márchese usted pronto…. ¡Quítese de mi vista!

—Señora, lo que le digu es que ella tiene la culpa….

—Pues si tiene la culpa, mejor…. Váyase usted.

—Todus nus iremus de la casa, señora, porque a esa mentecata no hay quien la sufra.

—Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese ido. Puede usted buscar otro sitio donde servir, que yo no tolero que ningún criado se me quiera imponer.

El cocinero quedóse otra vez inmóvil y estupefacto ante aquella brusca despedida; pero reponiéndose en seguida giró sobre los talones, diciendo con dignidad:

—Está bien, señora; lo buscaré.