Clementina siguió murmurando después de haberse ido:
—¡Pero qué atrevido es este gallegazo! ¿Habrá mastuerzo? No creo que a nadie más que a mí le toquen semejantes criados….
Apaciguándose de pronto por virtud de otra idea que le acudió, dijo:
—Anda, ven a vestirme, que ya es tarde.
Entró en su tocador seguida de Estefanía. Contra lo que debía presumirse, ésta tenía el semblante grave y nublado. Comenzó a despojarse rápidamente de su traje de calle para ponerse el de media ceremonia con que comía y recibía a sus íntimos por la noche, más claro siempre, con un pequeño descote y los brazos cubiertos. La doncella, a una indicación suya, sacó un traje color fresa exprimida del gran armario de espejo que ocupaba enteramente uno de los lienzos de la pared. Antes de ponérselo le arregló el pelo y le quitó las botinas bronceadas, sustituyéndolas con el zapato adecuado. No había abierto su boca la pálida doncellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada vez más tristeza y preocupación. Al fin, hallándose arrodillada a los pies de su ama, levantó los ojos para decirla tímidamente:
—Señora, voy a rogarle una cosa … que no despida a Cayetano.
Clementina la miró con sorpresa:
—¿Esas tenemos?… Conque después que has sido tú la que….
—Es que, señora—articuló Estefanía poniéndose todo lo colorada que permitía su tez—, si ahora le despide, me van los demás a tomar ojeriza.
—¿Y a ti qué te importa?