La doncella insistió con muchas veras y cada vez con palabras más suplicantes y persuasivas. La señora negó poco tiempo. Como el asunto era de poca monta y observaba no sin sorpresa el interés y aun ansiedad que su predilecta tenía en que el cocinero quedase, no tardó en concederlo, ordenándole que ella arreglase el asunto. Con esto el semblante de la chica se animó al instante, se puso como unas pascuas y comenzó a maniobrar en torno de su ama con extraordinaria presteza.
Dos golpecitos dados en la puerta las sorprendió a ambas.
—¿Quién es?—preguntó la señora.
—¿Te estás vistiendo, Clementina?—se oyó de fuera.
Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama no disminuyó por esto.
Osorio subía rarísima vez a su cuarto estando ella sola.
—Sí; me estoy vistiendo. ¿Hay gente abajo?
—Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio…. Es que tengo que hablar contigo. Te espero aquí en el salón.
—Bien; allá voy.
Desde entonces hasta que terminó de arreglarse, Clementina guardó silencio obstinado, expresando en el rostro una preocupación sombría que no pasó inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar los últimos toques a los pliegues de la falda, había un ligero temblor, como el de las niñas que por primera vez se visten para ir a un baile.
Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de arriba contiguo a su boudoir. Estaba sentado negligentemente en una butaca; pero al ver a su esposa se levantó, dejando caer previamente en la escupidera la punta del cigarro que fumaba. Clementina observó que estaba algo más pálido que de costumbre. Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y mal color que cuando se casó; pero en los últimos doce años se había gastado bastante su naturaleza. Muchas arrugas en la cara; el cabello gris y la barba también; los ojos menos vivos.