Fué a cerrar la puerta que su mujer dejó abierta, y acercándose a ésta le dijo con afectada naturalidad:

—El cajero me ha entregado hoy un recibo tuyo de quince mil pesetas….
Aquí está.

Sacó la cartera y de ella un papelito satinado y oloroso, que presentó a su esposa. Esta lo miró un instante con semblante grave, sombrío, sin pestañear, y guardó silencio.

—Hace quince días me entregó otro de nueve mil…. Aquí está.

La misma operación, y el mismo silencio.

—El mes pasado me presentó tres; uno de siete mil, otro de once mil y otro de cuatro mil…. Aquí los tengo también.

Osorio agitó el puñado de papeles un instante delante de los ojos de la dama. Viendo que ésta no despegaba los labios, preguntó:

—¿Estás conforme?

—¿Con qué?—dijo secamente.

—Con que son exactas estas partidas.