—Lo serán si están firmados los recibos por mí. Tengo poca memoria, sobre todo en cuestiones de dinero.
—Es una gran felicidad—repuso sonriendo irónicamente Osorio, mientras volvía a guardar en la cartera los papeles—. Yo también he intentado muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, el cajero se encarga siempre de refrescársela a uno…. ¡Bueno!—añadió, viendo que su mujer no replicaba—. Pues no he subido a otra cosa más que a hacerte una pregunta, y es la siguiente: ¿Crees que las cosas pueden seguir de este modo?
—No entiendo.
—Me explicaré: ¿crees que puedes seguir tomando de la caja cada pocos días cantidades tan crecidas como éstas?
Clementina, que estaba pálida cuando entró, se había puesto fuertemente encarnada.
—Mejor lo sabrás tú.
—¿Por qué mejor?… Tú debes de saber adónde llega tu fortuna.
—Bien, pues no lo sé—replicó refrenando con trabajo su despecho.
—Nada más claro. Los seiscientos mil duros que tu padre me ha entregado al casarme, como están en fincas producen, según puedes enterarte de los libros, unos veintidós mil duros. El gasto de la casa, sin contar con el mío particular, suma bien tres veces esa cantidad…. Saca ahora, si quieres, la consecuencia.
—Si te pesa que se gaste de tu dinero, puedes vender las casas—dijo
Clementina con desdeñosa sequedad, volviendo a ponerse pálida.