—Además—siguió diciendo con mal humor—, todo el mundo se fija en lo que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene son cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo gastado este año, vamos a ver?
—Poca cosa—respondió el duque con sonrisa despreciativa.
—¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aún estamos en
Noviembre.
—¿Qué dices?—manifestó el duque con viva sorpresa—. No puede ser.
—Lo que oyes.
—Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julián…. A no ser que en esos setenta y cinco mil duros estén incluidos los gastos de la casa que estás fabricando en el Horno de la Mata.
—Pues naturalmente.
Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, que por poco se ahoga. Cayósele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompañando a la risa, fué tan vivo, que parecía que iba a desplomarse presa de la congestión.
—¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gracia eso!—dijo al cabo entre los flujos de la risa y de la tos—. No se me había ocurrido hasta ahora…. De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi casa todas las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer con más gasto que un rey.
La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y corrió extraordinariamente a Calderón.