—No sé a qué viene esa risa…. Si sale de la caja, en el capítulo de gastos está…. De todas maneras, Antonio, más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena.
El duque, de algún tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo y compañero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que había de efectuarse la subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de consideración. D. Julián lo era, tanto por el capital que representaba, como por su carácter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en cualquier especulación la acreditaba de segura, y esto era lo que Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambió la conversación. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseía bajo su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su previsión en cierto negocio fracasado donde no se dejó coger, desollando a otros negociantes enemigos y reconociéndole tácitamente sobre ellos superioridad de talento y penetración. Cuando le tuvo bien trasteado, hablóle por tercera o cuarta vez, en términos vagos, del negocio de la mina. Ofrecíalo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. ¡Si algún día fuera posible comprar esa mina, qué gran negocio! No había conocido otro más claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f…, con un poco de habilidad y trabajándolo bien, acaso con el tiempo…. Para entonces necesitábanse algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen capital. Si no los hallaba en España, iría al extranjero a buscarlos….
Calderón, al oir hablar de un negocio, se encogía como los caracoles cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que el duque le suministraba, que le obligó a meterse de golpe en la cáscara. Así que Salabert comenzó a precisar un poco, púsose torvo y sombrío, mostróse receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen a exigir una cantidad exorbitante.
Cuando hubo concluído su largo discurso, un poco incoherente, que parecía más bien un monólogo, el duque se levantó bruscamente.
—Vaya, Julianito, me voy de aquí al Banco.
Al mismo tiempo sacó otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque no fumaba, lo encendió por fórmula, pues los dejaba apagarse en seguida para seguir mordiéndolos.
D. Julián respiró con satisfacción.
—¡Tú siempre con esa actividad febril!—dijo, sonriendo y alargándole la mano.
—¡Siempre detrás del dinero!
Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderón se acordó de que podía utilizar aquella visita.