—Oye, Antonio: tengo ahí un montón de londres…. ¿Las quieres? Te las doy baratas.

—No me hacen falta ahora. ¿Cómo las cedes?

—A cuarenta y siete.

—¿Son muchas?

—Ocho mil libras entre todas.

—Siento no necesitarlas. Es buena ocasión. Adiós.

Trasladóse al Banco, asistió a la reunión, y después de hacer efectivos los nueve mil duros del talón, salió con su amigo Urreta, otro de los célebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se dieron la mano para despedirse.

—¿Adónde va usted?—le preguntó Salabert.

—Voy de aquí a casa de Calderón, a ver si puede facilitarme londres.

—Es inútil el paseo—repuso vivamente el primero—. Todas las que tenía acabo yo de tomárselas.