—Hombre, lo siento. ¿Y a cómo se las ha puesto?
—A cuarenta y seis, diez.
—No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun así las tomaría.
—¿Le hacen a usted falta de verdad?—dijo Salabert echándole al mismo tiempo el brazo sobre los hombros.
—De verdad.
—Pues voy a ser su Providencia. ¿Qué cantidad necesita usted?
—Bastante. Diez mil libras lo menos.
—No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde.
El rostro de Urreta se iluminó con una sonrisa de agradecimiento.
—¡Hombre, no puedo permitir!… A usted le harán falta también….