—No tanto como a usted…. Pero aunque así fuera…. Ya sabe usted que se le quiere mucho. Es usted el único guipuzcoano con talento que he tropezado hasta ahora.
Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas en el hombro. Estrecháronse de nuevo la mano, y después que Urreta se deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese tono brusco y campechanote que tanto realza el mérito de cualquier servicio, se despidieron.
El duque tomó inmediatamente un coche de alquiler.
—A la calle de San Felipe Neri, número….
—Está bien, señor duque—repuso el cochero.
Alzó la cabeza el prócer para mirarle.
—¡Hola! ¿Me conoces?
Y sin aguardar la contestación se metió adentro y cerró la portezuela.
—Julián…. Julián—gritó a su amigo antes de abrir la mampara del escritorio—. Vengo a hacerte un favor…. ¡Qué suerte tienes, maldito! Mándame esas londres a casa.
—¡Hola!—exclamó el banquero con sonrisa triunfal—. ¿Las necesitas?