—¡Hola! ¿Eres tú?
Al mismo tiempo le alargó la mano. El duque se la estrechó, y alzándose de la butaca le dió un sonoro beso en la mejilla, diciendo:
—Si quieres dormir más te dejaré. No he venido más que a darte un beso.
Pero no era uno, sino buena porción los que le estaba aplicando en ambas mejillas. La joven frunció el entrecejo, disgustada de aquellas caricias, que por venir de un viejo no debían de serle agradables. Además, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la manía de morder el tabaco, solían estar sucios.
¡Quita, quita!—dijo al fin rechazándole—. No me sobes más. Bastante me has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eché sobre mí un frasco de rosa blanca y todavía a las doce de la noche me olía mal.
—Olor de tabaco.
No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo.
Esta salida brutal no despertó la indignación del duque como era de presumir. Soltó una carcajada y le dió una palmadita cariñosa en la mejilla.
—Pues no me salen baratos los besos.
Tampoco esta cínica replica alteró a la bella, que en el mismo tono de mal humor dijo: