—Ya lo creo. Y cuantos más años tengas, más caros te irán saliendo….
Dame un cigarro.
El duque sacó la petaca.
—No traigo más que tabacos.
—No quiero eso…. Ahí, sobre ese chisme de escribir, debe de haber.
Tráeme.
El banquero tomó de encima de un pequeño escritorio taraceado algunos cigarritos y se los presentó. La joven preparó uno con la destreza de un consumado fumador y lo encendió con el fósforo que el duque se apresuró a sacar. Este intentó otra vez aproximar sus labios repugnantes al hermoso rostro de la fumadora, pero fué rechazado con violencia.
—¡Mira, o te estás quieto o te vas!—dijo ella con energía—. Siéntate ahí.
Y le señaló la butaquita próxima al lecho.
El banquero se dejó caer en ella, mirando a la joven con sus grandes ojos saltones, que expresaban temor.
—Eres una gatita cada día más arisca. Abusas de mi cariño, mejor dicho, de mi locura.
Poseía, en efecto, uno de los temperamentos más lúbricos que pudiera encontrarse. Toda la vida había sido, en achaque de mujeres, ardiente, voraz. En vez de corregirse con los años, esta afición fué creciendo hasta dar en una manía repugnante. Era notoria en Madrid. Sabíase que para satisfacerla, después que había llegado a la opulencia, tuvo mil extraños caprichos que pagó con enormes caudales. Se le habían conocido queridas de extraños y remotos países, entre ellas una circasiana y una negra. Era en realidad esta pasión la compuerta por donde se escapaba como un río su dinero. Pero era al mismo tiempo el único que no le dolía gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo mantenía por cálculo y por fanfarronería, pero le pesaba en el alma, aunque aparentase otra cosa. Allá, en las intimidades secretas de su casa, cuando no había de trascender al público, escatimaba, regateaba, sustraía de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese; no tenía inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban entregábalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus trabajos y desvelos, sus grandes y continuos cálculos para extraer el jugo a los negocios no tuviesen otra significación ni otro destino que el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad.