—¡Demonio, Amparito, no creí que tuvieras la mano tan pesada!

Aquélla, que se había puesto pálida después de su irreflexivo arranque, quedó estupefacta ante la extraña salida del banquero. Tardó algunos segundos en darse cuenta de su sinceridad.

—Eres una gran chica—siguió aquél echándole un brazo al cuello y obligándola a sentarse de nuevo, y él junto a ella—. Esta bofetada no la tasaría en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte, sonora, oportuna…. Reúne todas las condiciones que se pueden apetecer….

—Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre—dijo la Amparo, escamada y presta otra vez a enfurecerse.

—No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagártela en el acto. Pero mucho ojo con que vuelva por aquí Manolito Dávalos, porque no vuelves tú a ver el color de mis billetes.

—¡Si fué una casualidad, hombre!—dijo la Amparo dulcificándose—. Vino esta noche porque había ido de juerga con León y Rafael, y a última hora se le ocurrió a Nati hacerme una visita.

—Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, ¿sabes?; pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. ¿Lo has oído, salero?

Al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su semblante, que sonreía con la expresión triunfal del que lleva en el bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de pronto. Una nube de inquietud pasó súbito por él. Buscó con afán. La cartera no estaba en aquel sitio. Pasó a los demás bolsillos. Lo mismo.

—¡F….! ¡me han robado la cartera!

Amparo le miró con ojos donde se reflejaba la duda.