—¡F….! ¡me han robado la cartera!—volvió a exclamar con más energía—. ¡Me han robado diez mil y pico de duros!
—¡Vaya, vaya, qué guasoncillo está el tiempo!—dijo Amparo ya enojada otra vez. No tuvo penetración para distinguir el susto verdadero del fingido.
—¡Sí, sí; no ha sido mala guasa! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Si cuando un día principia mal!… Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil ahora…. ¡Pues señor, no ha sido mal empleada la mañana!
Se levantó bruscamente del sofá y principió a dar vueltas por la estancia, presa de una agitación sorprendente en quien tantos millones poseía. Un torrente de palabras, de gruñidos, de sucias interjecciones que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escapó de sus labios. Arrojó con furia el cigarro, que en él era signo de gravísima preocupación. Amparo, viéndole tan excitado, se rindió a la evidencia, y preocupada también por el caso le dijo:
—Quizá no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses…. ¿Dónde has estado?
—¿Crees tú que alguna vez se hayan perdido once mil duros?—repuso en tono amargo parándose frente a ella—. Es decir, se pierden, sí; pero otros los encuentran antes de llegar al suelo.
Acabando de decir esto, quedó repentinamente suspenso, como si brillase una luz salvadora en su cerebro. Miró con ojos escrutadores por algunos instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonreír, dijo, tornando a sentarse al lado de ella:
—¡Pero qué animal soy! ¡Vaya una bromita salada, y qué bien que te habrás reído de mí!
—¿Qué dices?—preguntó la Amparo estupefacta.
—¡Venga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera.