Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la echó un brazo al cuello y comenzó por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde tuviera oculto el dinero.
Dando una fuerte sacudida la joven se desprendió de sus brazos y se levantó:
—Oye, tú…. ¿Me tomas por una ladrona?—exclamó enfurecida.
—No, sino por una guasoncilla. ¿Te has querido reir de mí, verdad?
La joven replicó con energía que el guasón era él y que bastaba de bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque insistió todavía; pero viendo la indignación real de su querida y no teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la cartera, recogió velas. En cuanto perdió esta esperanza, su rostro se nubló de nuevo. Aunque dió satisfacciones a Amparo, no fueron éstas muy calurosas. Quedábale, en el fondo, la duda. Bien lo echó de ver ella, por lo que siguió enojada. Concluyó por decirle:
—Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero más historias…. ¡Ah! y no dejes de traerme esta noche guita, que me está haciendo mucha falta…. A no ser que prefieras que te mande a casa las cuentas….
Salió el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las inmediaciones no había coches y no quería utilizar el de su querida, por más que él lo pagara, encaminóse a pie hacia su casa. Cayó en ella como una bomba, no de pólvora o dinamita, porque no entraban en su temperamento los procedimientos fragorosos, sino de ácido sulfúrico o sublimado corrosivo que se extendió por toda ella molestando y requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase grosera pronunciada en el tono cínico y burlón que caracterizaba su discurso. Después de almorzar encerróse en el escritorio con su mal humor a cuestas. No hacía una hora que allí estaba, cuando entraron a avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con él.
—¿Qué quiere?
—No lo sé. Desea hablar con el señor duque.
Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo: