—Que pase.

El cochero que entró era el mismo que le había conducido desde casa de
Calderón a la de su querida. Salabert le miró con ansiedad.

—¿Qué traes?

—Esto, señor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia—dijo presentándole la cartera perdida.

El banquero se apoderó de ella, la abrió prontamente, y sacando el montón de billetes que contenía, se puso a contarlos con la destreza y rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluyó dijo:

—Está bien: no falta nada.

El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificación, quedóse algunos instantes inmóvil.

—Está bien, hombre, está bien. Muchas gracias.

Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre dió las buenas tardes y se dirigió a la puerta. El duque le echó una mirada burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna:

—Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como tú, el mejor premio es la satisfacción de haber obrado bien.