El cochero, confuso e irritado a la vez, le miró de un modo indefinible. Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin salió de la estancia sin articular palabra.
V
#Precipitación.#
Raimundo Alcázar, que así se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y enfadoso que siguió a Clementina cuando hemos tenido el honor de conocerla al comienzo de la presente historia, recibió la mirada iracunda que aquélla le dirigió al entrar en casa de su cuñada con admirable sosiego y resignación. Esperó un momento a ver si sólo iba a dejar algún recado, y como no saliese se alejó tranquilamente en dirección a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores. La florista, al verle llegar, le sonrió como a un antiguo parroquiano y echó mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya preparado para él. Dirigióse a la Plaza Mayor y tomó el tranvía de Carabanchel. Dejólo donde se bifurca con el camino que conduce al cementerio de San Isidro y siguió hacia éste a pie. Ascendió con rapidez la cuesta, llegó y penetró en el nuevo recinto, donde, como exige la ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y sombrías galerías. Con paso rápido avanzó hasta una sepultura con losa de mármol blanco rodeada de una pequeña verja, y se detuvo. Permaneció algunos minutos inmóvil contemplándola. Sobre la losa estaba escrito con caracteres negros este nombre: ISABEL MARTÍNEZ DE ALCAZAR. Debajo de él estas dos fechas separadas por un guión: 1842-1883, que indicaban sin duda las del nacimiento y la muerte de la persona allí enterrada. Había sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogió con cuidado, deshizo luego el ramo que traía, esparció las frescas flores sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas. Con éste en una mano y el sombrero en la otra, permaneció otra vez algún tiempo de pie contemplando con ojos húmedos aquella sepultura. Luego se alejó rápidamente y salió del cementerio sin echar una mirada de curiosidad en torno suyo.
Raimundo Alcázar había perdido a su madre hacía ocho o nueve meses. No había conocido a su padre, o, por mejor decir, no tenía recuerdo de él, pues desapareció de este mundo cuando sólo contaba él cuatro años. Llamábase también Raimundo, y era, al morir, catedrático de la Universidad de Sevilla. Cuando se casó con su madre nada más que un joven en espera de colocación. Por eso el padre de Isabel, comerciante en ferretería en la calle de Esparteros, se había negado a autorizar aquellos amores, los persiguió con tenacidad y sólo consintió en el matrimonio cuando Alcázar llevó por oposición la cátedra mencionada. Era hombre de excepcional inteligencia, publicó algunos libros de la ciencia a que se había dedicado, que era la Geología. Su muerte, acaecida cuando sólo contaba treinta y dos años de edad, fué llorada en la pequeña esfera en que los hombres de ciencia viven en España. Isabel, con su hijo Raimundo, se volvió a Madrid a la casa paterna, donde tres meses después de fallecido su esposo, dió a luz una niña que tomó el nombre de Aurelia.
Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija única de un comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes. Rechazó todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romántica entre las amigas, quizá porque poseía alguna más inteligencia y corazón que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban los seres prosaicos que constituían casi la totalidad de las relaciones de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien había adorado en vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso tesoro todas las frases de elogio que la prensa había tributado a sus obras. El único deseo, el único afán de su vida era que su hijo siguiese las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e ilustración. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenzó a ver alzarse ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No sólo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz parecía una copia exacta. Luego el niño, por su comportamiento en el colegio, principió a causarle vivos placeres: era inteligente y aplicado. Los maestros se mostraban de él muy satisfechos. Cada frase de elogio que llegaba a sus oídos, cada nota de sobresaliente que veía escrita debajo del nombre de su hijo, producía a la pobre madre espasmos de alegría. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su padre.
Alguna vez sentía remordimientos pensando que distribuía con poca equidad el cariño entre sus dos hijos. Por más esfuerzos que hacía para mantener el equilibrio, no podía menos de confesarse que amaba mucho más a Raimundo. Su inmenso cariño se traducía en constantes caricias, en nimios cuidados que enervaban y enmollecían el temperamento del niño. Le criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una afición tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se convertía en verdadera fiebre. Cada vez que tenía que apartarse de sus faldas para ir al colegio le costaba lágrimas. Exigía que se pusiera al balcón para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se volvía más de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya hombre y estudiante de Facultad, y todavía Isabel conservaba esta costumbre de salir al balcón para despedirle cuando iba a sus clases. Por su natural, o tal vez por esta educación un poco afeminada, Raimundo fué un niño tímido, retraído de los juegos de sus compañeros, luego un adolescente melancólico, por fin un joven serio y de pocas palabras. Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscípulos antes de entrar en cátedra; pero en cuanto daba la hora tornábase a casa y no le gustaba salir sino acompañando a su madre y hermana. Mucho antes de esta época, cuando contaba solamente diez años, había muerto su abuelo. Así que, en cuanto llegó a los diez y seis, comenzó a desempeñar el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la acompañaba a hacer visitas: algunas noches, cuando hacía buen tiempo, salía de paseo con ella por las calles, dándole el brazo como un marido o un galán. La belleza de Isabel no disminuía con la edad. Al verlos juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas, oía, a su pesar, frases de admiración, requiebros, lo que ha dado en llamarse flores, que los transeuntes dirigían a su madre. Sentía, al escucharlas, una mezcla extraña de vergüenza y placer, de celos y de orgullo que le agitaba.
El viejo Martínez, después de retirado del comercio, había tenido quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fábrica de pólvora que sufrieron depreciación, y en valores del Estado. Sólo les dejó una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivían los tres con economía, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la calle de Gravina. Raimundo siguió la carrera de ciencias. Quería ser catedrático como su padre, y, dada la brillantez con que salía en los exámenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba también, como su padre, decidida afición a las ciencias naturales; pero en vez de dedicarse a la Geología, fijóse con predilección en la Zoología, y de ésta en aquella parte que comprende el estudio interesantísimo de las mariposas. Comenzó a hacer acopio de ellas, y desplegó un afán y una inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica colección. Antes de terminar la carrera, era ya un notable entomólogo. Se había hecho construir escaparates que cubrían las paredes de su habitación, donde estaban expuestos los cartones con las más raras y preciosas especies. Estuvo ahorrando dos años para comprar un microscopio, y por fin adquirió uno bastante bueno que le proporcionó grato solaz al par que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente para obtener una cátedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones que mantiene con los demás, sobre todo con los más próximos.
El día que se hizo doctor, y fué justamente acabados de cumplir los veintiún años, la pobre Isabel experimentó una de esas alegrías sólo comprensibles para las madres. Le abrazó derramando un raudal de lágrimas.
—Mamá—le dijo Raimundo—. Estoy ya en aptitud de hacer oposición a una cátedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve, renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastará con el sueldo.