—Aquí me tiene usted—le dijo en tono agrio que resultó inoportuno y descortés.
—Usted me dirá a qué debo el honor de esta visita—repuso Raimundo con voz un poco temblorosa.
—Pues…. (la dama vaciló unos instantes) lo debe usted al honor que me hace siguiéndome hace dos meses como una sombra chinesca a todas partes. ¿Le parece a usted agradable traer un espantajo detrás en cuanto una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no enfermar como el lego de los Madgyares, he dado el paso ridículo de subir hasta aquí a rogarle que cese en su persecución. Si usted tiene que decirme algo interesante, dígamelo de una vez y concluyamos.
Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se encuentra en una situación falsa y quiere salir de ella exagerando el enojo. Raimundo la miró lleno de asombro, cosa que molestó a Clementina y aun más la precipitó.
—Señora, siento en el alma haberla ofendido…. Estaba muy lejos de mi ánimo…. ¡Si usted supiera los sentimientos que en mí despierta su figura!… (balbució con trabajo).
Clementina le atajó diciendo:
—Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy casada … y aunque no lo fuese sería lo mismo.
—No, señora, no voy a hacerle una declaración—repuso el joven entomólogo sonriendo—. Voy a explicarle a usted mi persecución. Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. ¡Qué lejos estará usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si lo estuviese, es bien seguro que no la seguiría como un pirata callejero … sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro….
Raimundo se puso serio al llegar aquí e hizo una pausa. Luego dijo precipitadamente, con voz alterada por la emoción:
—Señora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo … y usted se parece muchísimo a mi madre.