Al pronunciar estas palabras se quedó mirándola con una atención ansiosa, húmedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a sollozar.

Esta revelación produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo. Permaneció inmóvil y muda mirándole también fijamente. Raimundo comprendió lo que pasaba por su espíritu, y dijo empujando la puerta de su despacho:

—Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo.

La dama avanzó dos pasos y vió en la pared fronteriza, sobre el sillón mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografía ampliada de una señora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decía. Sobre el retrato, sujeto al marco, había un ramo de siemprevivas.

—Algo nos parecemos—dijo después de contemplar el retrato con atención—. Pero esa señora era más hermosa que yo.

—No; más hermosa, no. Tenía más dulzura en los ojos, y eso daba a su fisonomía un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que brillaba en ellos.

Pronunció estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de galantería que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padeció aún más por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de Raimundo temblaban dos lágrimas. La dama dijo al cabo:

—¿Qué edad tenía su mamá?

—Cuarenta y un años.

—Yo tengo treinta y cinco—replicó con mal disimulada satisfacción.