—Aurelia, Aurelia.

Bien a su pesar, ésta salió al pasillo y avanzó hacia ellos sonriente y roja como una cereza.

—Aquí tienes a la señora de quien te he hablado, que tanto se parece a mamá.

Aurelia la miró sin saber qué decir, sonriente y cada vez más ruborizada.

—¿No se parece muchísimo? Dí.

—Yo no lo encuentro …—respondió la joven después de vacilar.

—¿Lo ve usted?—exclamó la dama volviéndose a Raimundo con la sonrisa en los labios—. No ha sido más que una fantasía, una alucinación.

Traslucíase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia de Aurelia hacía más falsa aún su situación.

—No importa—repuso Raimundo—. Yo veo claro el parecido, y basta.

La puerta estaba ya abierta.