—¿Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe?

—Hace ya unos días.

—¿La inglesa?

—¿La inglesa?—exclamó levantando los ojos hacia su amigo con asombro y reconvención—. No, hombre, no; la cruzada.

—Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no creía que te deshicieses de ella.

—Ahí verás tú—replicó el bello calavera adoptando un continente misterioso.

—¿Algún defecto oculto?

—A mí no se me oculta ningún defecto—dijo con orgullo.

Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tenía rival en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral de España.

—Ah, vamos, falta de luz.