—Tampoco.

Rafael Alcántara se encogió de hombros y se puso a hablar con los que tenía cerca. Era un joven rubio, de fisonomía gastada, ojos pequeños y verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistían a diario al club, entraba en él y alternaba con toda la alta aristocracia, sin derecho alguno. Alcántara era de familia humilde, hijo de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se había gastado la pequeña hacienda que le dejó su padre y después vivió del juego y a préstamo. A todo Madrid debía y hacía gala de ello. La condición que le mantenía abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su cinismo. Alcántara era hombre bravo de veras, se había batido tres o cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el más mínimo pretexto. Además, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo, aunque fuese a la persona más respetable, dispuesto a burlarse de todo el mundo. Estas cualidades le habían hecho adquirir gran prestigio entre los jóvenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con él en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero.

—Mi general, le habrá a usted gustado ayer la Tosti, ¿eh?—dijo
Ramoncito Maldonado dirigiéndose a Patiño.

—En la romanza solamente,—repuso el guerrero sensible después de dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que representaba un obús montado sobre su cureña.

—No diga usted que el dúo ha estado mal.

—¡Vaya si lo digo!

—Pues, señor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha parecido sublime—replicó el joven con señales de hallarse picado.

—Esa declaración te honra, Ramón. Sabes hacerte justicia—dijo Cobo
Ramírez, que no perdía ocasión de vejar a su amigo y rival.

—¡Ya lo creo, como que sólo tú eres el inteligente!—exclamó vivamente el concejal—. Mira, Cobo, aquí el general puede hablar porque tiene motivo, ¿estamos?… pero tú debes callarte porque me gastas una oreja como la de una cocinera.

—Pero hombre, ¿por qué se picará tanto Ramoncito, en cuanto usted le dice algo?—preguntó el general riendo.