—¡Chica, qué gracia tiene eso!—exclamó Pacita soltando la carcajada.

Esperanza la secundó, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por llamar la atención de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvió a dirigir a su hija una mirada severísima.

Entraba en aquel momento una señora que representaba cuarenta años; el rostro, hermoso aún, pintado, con señales impresas más que de los años, de una vida agitada y galante.

—Aquí está Pepa Frías—dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderón.

—Eso es; aquí está Pepa Frías—respondió con afectado mal humor la misma—. Una mujer que no tiene pizca de vergüenza al poner los pies en esta casa.

Los tertulios rieron.

—¿Tú te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ¿que no tengo casa? Pues sí que la tengo, Salesas, 60, principal…. Es decir, la tiene el casero…. Pero le pago, lo que no harán seguramente todos tus inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le había visto…. Y también tengo mis sábados … y no hay tanto calor como aquí ¡uf! y doy chocolate y té, y conversación y todo … lo mismo que aquí.

Mientras decía esto, iba saludando a los circunstantes con semblante furioso. Pero como todos sabían a qué atenerse, reían.

Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una mujer agradable, en suma, que había tenido y que seguía teniendo, a pesar de sus años, muchos apasionados.

—Lo que no hay—añadió acercándose a la señora de Calderón y dándole dos sonoros besos en las mejillas—es una mujer tan ingrataza y tan insignificante como tú…. Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a ti, sino a mi señor D. Julián, que alguna vez que otra sube a darme las buenas tardes y a decirme cómo anda la cotización…. Y a propósito de cotización, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que le avise…. Mejor dicho, no le digas nada; yo pasaré esta noche por tu casa.