—¡Pero hija, qué líos traes siempre con el papel y la Bolsa y las acciones!—exclamó Mariana.

—Pues los mismos que tú traerías si no tuvieses un marido tan activo que se encarga de calentarse la cabeza para que tú la tengas fresca y descansada….

—Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado—dijo
Calderón.

—No digo más que la verdad. ¡Si creerán que es plato de gusto estar pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y andar camino del Banco!

—Imagino yo, Pepa—manifestó el general con sonrisa galante—que por más que diga, usted tiene afición a los negocios.

—¿Imagina usted? ¡Qué raro!

—No tengo tanta imaginación como usted, pero alguna sí—respondió el general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa había producido.

Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque realmente su gracia se confundía a menudo con la desvergüenza. Hablar siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las cualidades que habían logrado darle popularidad en los salones. Había quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varón que había seguido la carrera de marino y que a la sazón estaba navegando, y una hija a quien había casado hacía un año. Su marido había sido comerciante, y en los últimos años jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa contrajo la misma pasión. Una vez viuda siguió alimentándola. La prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en los negocios, la habían librado de la ruina, que suele ser, tarde o temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se había mermado su fortuna, pero aún disfrutaba de un envidiable bienestar.

—Pepa, el asunto marcha admirablemente—dijo Pinedo—. De Zaragoza han pedido un volcán y en la Coruña ha resuelto el Ayuntamiento establecer dos, al oriente y al poniente de la ciudad.

—Me alegro, me alegro muchísimo. ¿De manera que no suelto las acciones?