—Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay y lo que no hay en mi habitación.

—Se la convidará … digo, se bajarán las persianas…. Oye, Manolito, ¿te vas a pasar toda la juventud tirado en ese diván sin decir palabra?

Manolito Dávalos descansaba, en efecto, en actitud sombría y melancólica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alzó con sorpresa y mal humor.

—Si tú te encontrases en mi posición, qué poca gana tendrías de bromear, Rafael!—dijo exhalando un suspiro.

Hay que advertir que el joven marqués de Dávalos, que nunca había poseído una inteligencia muy clara, teníala de algún tiempo a esta parte bastante perturbada. Según la expresión vulgar estaba un poco chiflado o tocado. Sus amigos sabían todos que este trastorno procedía de la ruptura con la Amparo, que le había comido en poco tiempo su fortuna y de quien estaba aún profundamente enamorado. Tratábanle con cierta protección entre burlona y benévola; pero se abstenían, si no es muy embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque alguna vez que se propasaron, Manolito fué víctima de ataques de cólera muy semejantes a la locura. Tenía poco más de treinta años; estaba calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro hijos habíalos recogido la suegra. Vivía en una fonda con la pensión que le pasaba una tía vieja de quien era presunto heredero. Sobre la esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero.

—Si yo me encontrara en tu caso, ¿sabes lo que haría, Manolo?…
Casarme con mi tía.

Los amigos rieron, porque la tía de Dávalos tenía cerca de ochenta años.

—Bueno, bueno—exclamó éste con acento doloroso. Bien se conoce que no has tenido que luchar con indecentes usureros toda la mañana para concluir por dejarles algo … que es una infamia empeñar—añadió por lo bajo.

—¡A mí con ingleses!… ¿Tú no sabes, Manolito, que todos los meses tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan ellos de tanto tirar?… Pero yo lo tomo con más filosofía. Lejos de disgustarme, experimento una gran satisfacción cada vez que viene a visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de que cumplo la última voluntad de mi padre.

Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo.