—¿Habéis visto a Juanito Escalona?—preguntó.
—Sí—dijo uno—. Aquí ha estado hace una media hora. Me ha dicho que le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendría.
—Bueno, esperaremos—repuso avanzando con calma y sentándose al lado de ellos.
La broma continuó.
—Veamos, veamos cómo está ese pulso—dijo Rafael cogiéndole por la muñeca y sacando al mismo tiempo el reloj.
El conde entregó su mano sonriendo.
—¡Jesús, qué atrocidad! ¡Ciento treinta pulsaciones por minuto! Ningún condenado a muerte las ha tenido.
No era verdad. El pulso estaba normal. Así lo manifestó el mismo Alcántara a los amigos haciendo una seña negativa. Alvaro no se alteró por la mentira. Poseído de su valor y convencido de que no dudaban de él, siguió con la misma vaga sonrisa en los labios.
—Vaya, mañana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque tenía que ir de caza con Briones—dijo uno.
—¡Y que no es pequeña la carrera desde la casa mortuoria a San
Isidro!—respondió otro.