—No, hombre, no—apuntó un tercero—; lo llevarán a la estación del
Norte para conducirlo a Soto, al panteón de familia.
Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se impacientaba, quizá temiendo que el más pequeño signo de impaciencia, en aquella ocasión, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta paciencia, los jóvenes salvajes cada vez le apretaban más con su vaya, repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fría y vaga sonrisa. Respondíales pocas veces. Cuando lo hacía era con breves palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo:
—Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ¿Quién quiere echar un tresillo?
Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un acto que confirmaba su sangre fría. Tres de los amigos se fueron con él a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demás. La broma siguió lo mismo que en el salón.
—¡Miradle, cómo le tiembla la mano!
—Dentro de una hora ese hombre habrá dejado de existir.
—Oyes, Alvaro, debías de legarme la Conchilla.
—No hay inconveniente—repuso aquél arreglando sus cartas.
—Ya lo oyen ustedes, señores; la Conchilla es mía por testamento….
¿Cómo se llama este testamento, León?
—Testamento nuncupativo—dijo éste, que sabía algo de leyes por andar en pleito hacía tiempo con unos primos.