—La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro.
Haré que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda.
¿Tienes algo que encargarme?

—Sí, que la sacudas el polvo cada ocho o diez días. Si no suelta algunas lágrimas todas las semanas se pone enferma.

—Corriente. Así se hará.

—¡Ah! y que sea con el bastón. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera con la mano.

—Perfectamente.

Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde hacía muy buen efecto. Detrás de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le querían y respetaban su valor. En esto apareció un criado y le presentó una carta en bandeja de plata. La tomó y la abrió con curiosidad. Al recorrerla volvió a sonreír y la pasó a los que tenía al lado. Era del dueño de la Funeraria ofreciéndole sus servicios y remitiéndole un prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se había divertido en pasarle aviso. Tampoco se ofendió: parecía interesado en el juego.

Al fin entró en la sala Juanito Escalona en su busca. Después de ajustar cuentas se levantó de la silla. Todos le rodearon.

—¡Buena suerte, Alvaro!

—Me da el corazón que lo ensartas.

—No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un rasguño.