El joven concejal suardó silencio, admirando en su fuero interno aquella singular facultad de olvidarlo todo, que poseía su amigo. Y siguieron por la Carrera de San Jerónimo hguardoa Puerta del Sol.

—¿Cómo estás con Esperancita?—se dignó preguntar Castro, soltando una bocanada de humo y parándose a mirar un escaparate.

Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi pálido, y comenzó a balbucir a tropezones:

—Lo mismo, chico…. Tan pronto arriba como abajo…. Unos días la encuentro muy amable … es decir, amable, no; pero al menos habladora. Otros con un hocico de tres varas: se marcha en cuanto entro: apenas contesta al saludo, como si la hubiese ofendido…. Comprendo que alguna vez ha tenido motivos para estar enfadada. En el Real suelo ir al palco de las de Gamboa, y pienso que se le ha metido en la cabeza que me gusta Rosaura…. ¡Mira tú qué tontería! ¡Rosaura!… Pero hace lo menos un mes que no subo a saludarlas … y lo mismo; ¡lo mismo, chico, lo mismo!… El otro día la pude pillar sola en el gabinete unos momentos, y de prisa y corriendo le he dicho que deseaba saber en qué quedábamos. Porque ya ves tú, no es cosa de estar haciendo el oso eternamente…. Me escuchó con paciencia…. Te advierto que yo estaba enteramente arrebatado y apenas sabía lo que iba diciendo. Cuando concluí me dijo que no tenía motivos para estar enfadado y se escapó a la sala. Después de esto ¿quién no había de entender que estaba el asunto arreglado? Vamos a ver, cualquiera en mi caso ¿no pensaría que íbamos a entrar en el terreno de la formalidad?… Pues nada, a los dos días voy por allá; intento hablarle aparte en calidad de novio y me da un bufido que me dejó helado…. Y así estoy. Ni sé si me quiere o si deja de quererme, ni tengo tranquilidad para dedicarme a mis quehaceres ni hago otra cosa que pensar en esa maldita chiquilla.

—Yo creo—respondió Castro sin dejar de contemplar con atención el escaparate frente al cual estaban—que esa niña te ha cogido la acción.

Ramoncito le miró sorprendido y respetuoso a la vez.

—¿Cómo la acción?—se aventuró a preguntar.

—Sí; la acción. Lo importante, en cualquier combate, es coger la acción al contrario. Si en el momento en que él piensa atacarte atacas tú con decisión, es casi seguro que llegas. Si vacilas eres perdido.

Al pronunciar las últimas palabras, dejó de contemplar el escaparate y siguió su marcha majestuosa por la acera. Ramón hizo lo mismo. No había entendido bien la aplicación que podía tener este símil arrancado a la esgrima en su caso; pero se abstuvo de pedir explicaciones.

—¿De modo que tú opinas…?