—Opino que estás demasiado enamorado de esa niña y que ella lo sabe.

—Pero vamos a ver, Pepe, ¿qué motivos puede tener para rechazarme?—comenzó a decir sulfurado Ramoncito y como hablándose a sí mismo—. ¿Qué es lo que espera esa chiquilla?… Su padre tiene dinero; pero serán varios hermanos a repartirlo. Mariana es joven, y cuando menos se pensaba ha principiado otra vez a echar al mundo hijos. Además, ya sabes cómo es don Julián. Antes que soltar un cuarto le harán rajas. Y francamente, esperar a que se muera no me parece negocio. Yo no soy un potentado, pero tengo fortuna regular, que es mía ya, sin esperar a que se muera nadie…. Puedo proporcionarla las mismas comodidades que tiene en su casa y el mismo lujo … mayor lujo—añadió sacudiendo la cabeza con plausible resolución—.Luego, tengo por delante una carrera política. ¿Sabe ella si el día menos pensado no seré subsecretario o director? Mi familia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un tendero como el padre de D. Julián…. Luego, no es una divinidad ni mucho menos, una de esas chicas que llamen la atención, ¿sabes tú? ¿Por qué hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago favor? ¿Sabes quién tiene la culpa? Pues Cobo Ramírez y otros babiecas como él, que la han llenado la cabeza de viento…. ¡Sin duda espera la tonta que venga un príncipe de sangre real a buscarla!…

Ramoncito negaba belleza a su adorada. Es signo de hallarse profunda y sinceramente enamorado el hombre; no ser hija de la vanidad su afición. El exceso de amor le arrastraba a injuriarla.

Castro meditó que tal vez, la circunstancia de ser un poco desgalichado y tener el cutis lleno de pecas, influiría para que su amigo no lograse éxito lisonjero en esta como en otras empresas que había acometido: pero se abstuvo de manifestar tal sospecha. Prefirió asentar, cerrando los ojos y soplando el humo del cigarro, esta verdad de carácter general:

—Las chicas son muy estúpidas.

Ramoncito, de acuerdo con ella en principio, insistió, no obstante, en determinarla por medio de aplicaciones más o menos legítimas.

—¡Es una mentecata!… No sabe ella misma lo que quiere…. ¿Crees que será posible llevarla al terreno de la formalidad algún día?

Esto del terreno de la formalidad era una frase a la cual profesaba marcada predilección el joven concejal. Siempre que hablaba de Esperancita brotaba de sus labios tres o cuatro veces, como si necesariamente fuera asociada a sus amores.

Pepe Castro sintió un malestar indecible: guiñó su ojo izquierdo infinitas veces. En realidad, nunca le había gustado anticipar ideas sobre los acontecimientos futuros. Era más caballista que profeta. Pero en este caso le repugnaba doblemente porque nada halagüeño podía anunciar a su amigo y admirador. Sacóle del compromiso la aparición de una joven hermosa y elegantemente vestida que venía al encuentro de ellos por la acera del Principal.

—Aquí está la Amparo—dijo con la gravedad displicente y desdeñosa que
Ramoncito admiraba.