La querida de Salabert se acercó a ellos sonriente, saludándoles con efusión, particularmente a Pepe Castro. Este le apretó la mano sin perder de su gravedad ni separar la boquilla de los dientes, lo mismo que a un camarada a quien se acaba de ver en el café.

—¿Adónde vais, granujas?

—Pues a casa de Calderón a pasar un rato.

—Venid conmigo. Voy a comprar un joyero. Me ayudaréis a elegirlo … y me lo pagaréis.

Hablaba en tono alegre y afectuoso: no parecía la misma criatura desabrida y mal humorada que hemos visto en su hotelito del barrio de Monasterio. Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para Salabert.

—¡Esto es bueno!—exclamó Castro dignándose sonreír levemente—. ¿Nos pides joyas a nosotros cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert? Mete la mano en él, tonta.

—Ya lo hago, hijo. Descuida.

—Pues bien podías proteger un poco al pobre Manolo, que anda a oscuras hace tiempo.

—¡Pobrecillo! ¿Pero de veras anda tan mal de guita? Yo creí que sólo era de la cabeza.

—Eso es: ríete después que le has desplumado.