—Oye, niño: yo no le he desplumado, por una razón muy sencilla: cuando vino a mi poder ya no tenía plumas—dijo la Amparo poniéndose seria.

—No es verdad eso. Manolo ha gastado contigo más de cuarenta mil duros.

—¡Eche usted duros! Así me lucía a mí el pelo cuando le puse a la puerta. Si tardo un poco más en hacerlo, voy a San Bernardino a la grand Dumond.

—Bien, pues no los ha gastado. ¿A mí qué?—repuso el gallardo Pepe alzando los hombros—. ¿Quieres venir a cenar hoy con nosotros a Fornos?

—¿Con quién?

—Con éste y conmigo. Invitaremos también a León y a Rafael para que lleven a Nati y Socorro. ¿Tienes inconveniente en que vaya Manolo?

—¡Al contrario, hijo, si a Manolo le quiero más de lo que te figuras!

—Pues harías bien en darle de vez en cuando alguna conferencia íntima; si no, me temo que haya que llevarlo pronto al manicomio.

—No creas que está siempre en mi mano. El otro tío es muy escamón. Después del Real ¿verdad? No me llevéis más gente. El ruido no me conviene ahora que estoy bien colocada ¿sabéis? Hasta luego. Oye, tú, feo—dirigiéndose a Ramón—, ¿por qué no hablas? Ya me han dicho que quieres casarte con la chiquilla de Calderón…. Pues hijo, tú horroroso y ella más fea que azotar a un Cristo, vais a echar unos nenes que habrá que enseñarlos en una barraca. Adiós, Pepe: no te olvides de los boquerones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego.

Ramoncito se había puesto rojo de ira al oir tratar con tal desprecio a su adorada, sin tener presente que un momento antes había hecho él lo mismo. Y hubiera arremetido a la Amparo con alguna insolencia gorda, si ésta no se hubiese alejado sin fijarse poco ni mucho en la desazón que causaba. Contentóse con murmurar fatídicamente rechinando un poco los dientes: